
Durante siglos se ha intentado responder: ¿qué es la filosofía y para qué sirve? Casi todos los grandes pensadores se han enfrentado a esa pregunta, y casi todos han fracasado en llegar a una definición universal. Hoy ya no me parece que sea un problema: la filosofía no nació para cerrar respuestas, sino para impedir que nos conformemos con las fáciles.
Se suele decir que la filosofía comienza con el paso del mito al logos, como si antes solo hubiera oscuridad y luego, de pronto, razón. Hoy desconfío de esa idea. La mirada mítica, como la que encontramos en Homero, fue un primer atisbo de racionalidad. No era ingenua ni irracional: era trágica, consciente del límite, del dolor y de la ausencia de un orden moral que garantizara justicia. La razón no vino a redimir el mundo, sino a mirarlo de otro modo, no necesariamente más amable.
Durante mucho tiempo la filosofía caminó junto a la ciencia. Los primeros filósofos fueron también matemáticos y astrónomos. Pero cuando la ciencia empezó a producir leyes exactas, la filosofía fue desplazada. Se dijo entonces que todo descubrimiento verificable dejaba de ser filosofía. Quizás ahí comenzó su malentendido: se la acusó de no producir certezas, cuando en realidad su tarea nunca fue esa.
La filosofía no produce leyes; produce incomodidad. No explica el mundo para tranquilizarnos, sino para impedir que nos durmamos en explicaciones falsas. Cuando se encerró en la metafísica abstracta, en discusiones sobre conceptos que ya no tocaban la experiencia humana concreta, perdió contacto con la vida y quedó confinada al mundo académico. Recuperó algo de su fuerza cuando volvió a preguntarse por el hombre gracias al existencialismo. No como objeto, sino como problema.
Hoy creo que la filosofía sirve para una sola cosa, y no es poca: para no mentirse. Sirve para mirar de frente el absurdo, la fragilidad, el sufrimiento y aun así decidir vivir sin justificaciones trascendentes. Como aprendí leyendo a Camus, no se trata de encontrar un sentido último, sino de no acostumbrarse a lo que consideramos injusto y de detenernos allí donde nuestra lucha empezaría a negar al otro el mismo derecho que reclamamos para nosotros.
La filosofía no nos promete felicidad. No nos asegura salvación. No nos vuelve mejores. Pero nos vuelve responsables. Nos recuerda que somos finitos, que elegimos sin la garantía de un resultado concreto y que cada decisión tiene consecuencias. Pensar no nos salva, pero nos despierta.
Y en un mundo que prefiere la comodidad, la consigna y la distracción permanente, pensar puede ser la luz que ilumine nuestro futuro.
Saludos.
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