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martes, 27 de enero de 2026

El origen y la pregunta: Homero, “La Ilíada” (siglo VIII a. C.) y la persistencia de lo humano.

     Cómo pocas veces, siento que la miniatura de este artículo o vídeo representa a cabalidad la idea que quiero transmitir.  Un hoplita griego y un soldado moderno juntos. Son hombres que luchan y mueren con la misma intensidad. Se preguntan y tienen las mismas inquietudes existenciales con casi tres mil años de distancia.
     Hay un error frecuente, y profundamente moderno, en nuestra forma de pensarnos: creer que hemos cambiado más de lo que realmente hemos cambiado. Creer que el progreso técnico ha ido acompañado, de manera automática, por un progreso moral, ético o humano. Sin embargo, cuando uno vuelve al origen, esa ilusión comienza a resquebrajarse.

     El origen de nuestra civilización occidental no está en la ciencia ni en la filosofía. Tampoco está en la política tal como la entendemos hoy. Está en la poesía. Sí, aunque cueste creerlo está en la poesía, y para ser concreto, en el poema épico "La Ilíada" atribuido a Homero. Antes de que el hombre se pensara como ciudadano, como creyente o como sujeto moral, se pensó como ser expuesto al límite, al dolor, a la muerte y a un orden que no depende de su voluntad.

     En “La Ilíada” no hay redención. No hay promesa de salvación. No hay un sentido último que justifique el sufrimiento. Hay, en cambio, algo mucho más inquietante: un orden cósmico no moral, que se impone por igual a dioses y a hombres. La vida o la existencia simplemente es. El destino no castiga ni recompensa: delimita. Y el héroe no es aquel que vence al destino, sino aquel que lo enfrenta con lucidez.

    Lo tragedia griega nace allí. No como pesimismo, sino como conciencia. El mundo no está hecho para nosotros. No gira en torno a nuestras aspiraciones. Y, aun así, vivimos, luchamos, amamos y morimos en él.

     Lo verdaderamente perturbador es constatar que, a más de dos mil setecientos años de distancia, las preguntas siguen siendo las mismas: ¿De dónde venimos o hacia dónde vamos?¿Vale la pena el dolor o tiene sentido el sacrificio?

     Hemos multiplicado los dispositivos, las pantallas, los discursos y las explicaciones, pero no hemos logrado responder mejor a esas preguntas. A veces, y derivado de la sociedad del rendimiento, ni siquiera nos atrevemos a formularlas.

     Aquí aparece una diferencia crucial entre el mundo homérico y el nuestro. Los griegos no pretendían eliminar el límite; lo reconocían. Sabían que había fuerzas que no podían ser dominadas, que la muerte no era negociable y que el dolor formaba parte estructural de la existencia. El límite no era una falla del sistema: era el sistema mismo. En cambio, la modernidad, y con mayor intensidad la contemporaneidad, ha hecho del límite un enemigo. Todo debe ser superado, corregido, optimizado y prolongado. Vivimos bajo la ilusión de que no hay frontera que no pueda ser desplazada.

     Ese desplazamiento permanente del límite tiene un costo profundo. Cuando todo parece posible, nada parece verdaderamente obligatorio. Cuando no hay un orden que nos preceda, toda responsabilidad se vuelve negociable. Y cuando la técnica promete control absoluto, el fracaso se vive como injusticia y no como condición humana. Allí comienza una forma nueva de desorientación: no sabemos qué hacer con el dolor, porque hemos perdido el lenguaje para nombrarlo.

     En “La Ilíada”, la guerra no es heroica en el sentido moderno. Es brutal, física y corporal. Los cuerpos sangran, caen y son arrastrados. El dolor no es abstracto. Y, sin embargo, incluso en medio de esa violencia, aparece algo profundamente humano: el reconocimiento del otro en su sufrimiento. Aquiles y Príamo, frente al cuerpo de Héctor, comparten un instante de humanidad que ninguna victoria puede borrar. El enemigo deja de ser enemigo cuando el dolor se vuelve común.

     Ese momento, mínimo, frágil e irrepetible, dice más sobre la condición humana que cualquier tratado moral posterior. No hay reconciliación histórica ni justicia final. Hay apenas un reconocimiento silencioso del límite compartido.

     Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿realmente hemos avanzado más allá de esto?

     Seguimos viviendo en sociedades que prometen control, seguridad y sentido, pero que colapsan ante la más mínima interrupción. Seguimos organizándonos en torno a relatos de progreso, bienestar o salvación, mientras reproducimos las mismas formas de violencia, exclusión y negación del otro. Cambian los nombres, cambian los discursos y las tecnologías, pero el fondo permanece.

     Lo trágico griego no ha sido superado. Ha sido olvidadoY ese olvido es peligroso.

     Creímos que la razón técnica bastaría. Creímos que la acumulación de conocimiento eliminaría la incertidumbre. Creímos que la comodidad reemplazaría la necesidad de pensar. Pero el precio ha sido alto: una disgregación creciente entre lo que hacemos, lo que pensamos y lo que somos. El mundo contemporáneo aparece cada vez más fragmentado: lo económico separado de lo ético, lo técnico separado de lo humano y la acción desligada de la consecuencia.

     Volver a Homero no es un gesto nostálgico ni académico. No es un ejercicio de erudición. Es un acto de recuperación de la mirada. En los poemas homéricos, el mundo todavía no está fragmentado en compartimentos estancos de conocimiento. El acto tiene consecuencias. El cuerpo importa. La palabra compromete. El límite existe y no puede ser ignorado sin pagar un precio.

     Pensar desde el origen no significa vivir en el pasado. Significa recordar aquello que nunca dejamos atrás, aunque pretendamos ignorarlo. Significa aceptar que la condición humana no ha sido superada por ninguna innovación técnica. Que seguimos siendo vulnerables, finitos y contradictorios. Y que justamente allí, y no en la ilusión de omnipotencia, se juega nuestra dignidad.

     Este canal es un espacio de escritura y reflexión que no busca ofrecer respuestas definitivas ni consuelos fáciles. Busca algo más modesto y más difícil al mismo tiempo: mantener viva la pregunta. Resistir la tentación de las certezas tranquilizadoras. No acostumbrarse a lo que se considera injusto. Detenerse antes de que la lucha niegue al otro el mismo derecho que uno reclama para sí mismo.

     Porque, al final, si algo nos enseñan Homero y “La Ilíada” es que el ser humano no se define por sus victorias, sino por la forma en que enfrenta el límite. Y ese límite, nos guste o no, sigue estando ahí.

     Pensar no nos salva. Pero quizá nos impida dormir mientras todo se desmorona sin que nos demos cuenta.
     Pensar es un acto revolucionario.

     Saludos.

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