Sin embargo, conviene decirlo desde el comienzo: la escritura no surge para pensar, ni para filosofar ni para crear literatura. Surge por razones prácticas. Sus primeras manifestaciones aparecen hacia fines del IV milenio a. C. en Mesopotamia y en Egipto. Fue una manera de perpetuar la memoria ligada a la administración económica, al registro de bienes, impuestos y excedentes. Antes de ser pensamiento, la escritura fue contabilidad y poder.
En estas primeras civilizaciones, escribir era un saber reservado a una minoría. La escritura cuneiforme mesopotámica y la escritura ideográfica egipcia exigían años de aprendizaje. Se trataba de representar objetos, ideas y acciones completas. Cada signo condensaba un mundo. En el caso egipcio, los jeroglíficos combinaban valor simbólico, religioso y fonético. Estaban destinados a perdurar en piedra, acompañando a los dioses y a los muertos.
La escritura ideográfica no buscaba difundir conocimiento, sino fijar un orden. Por eso estuvo siempre asociada al templo y al palacio. Los escribas constituían una élite: intermediarios entre el poder, lo sagrado y la memoria colectiva. El pueblo escuchaba; unos pocos escribían. La escritura, lejos de democratizar, consolidaba jerarquías.
Durante siglos, este modelo se repitió con variaciones. La escritura avanzaba lentamente, siempre compleja y restringida. Hasta que, casi de manera silenciosa, se produjo una transformación decisiva. No ocurrió en grandes imperios ni bajo proyectos culturales explícitos. Ocurrió en manos de un pueblo de comerciantes y navegantes del Mediterráneo oriental: los fenicios.
Los fenicios no inventaron la escritura, pero realizaron un gesto revolucionario: redujeron el lenguaje escrito a sus sonidos elementales. En lugar de cientos de signos ideográficos, desarrollaron un conjunto limitado de caracteres que representaban fonemas. La escritura dejaba de representar cosas o ideas completas y pasaba a representar la voz humana descompuesta en sonidos.
Este cambio no fue solo técnico. Fue antropológico. Con la escritura fonética, aprender a escribir ya no requería una formación sacerdotal ni pertenecer a una élite cerrada. Bastaba con dominar un sistema reducido de signos y combinarlos. La palabra escrita se volvió potencialmente accesible. La escritura salió del templo y del palacio y comenzó a circular.
Los fenicios transmitieron su alfabeto por el Mediterráneo y fue adoptado por distintos pueblos. Pero fueron los griegos quienes comprendieron plenamente su alcance. Al incorporar las vocales, los griegos perfeccionaron el sistema y lo hicieron extraordinariamente preciso. La escritura ya no solo reproducía el habla: permitía detenerla, observarla y analizarla.
Este es el punto decisivo. La escritura fonética griega introduce una distancia inédita entre la palabra y quien la pronuncia. La palabra fijada puede ser releída, corregida y discutida. Deja de pertenecer exclusivamente al momento de la enunciación. Y en esa distancia nace algo nuevo: el pensamiento abstracto.
Gracias a esta escritura, los poemas atribuidos a Homero pudieron fijarse y transmitirse. “La Ilíada” (siglo VIII a. C.) y “La Odisea” (siglo VIII a. C.) no son solo relatos épicos: son la primera gran conciencia escrita de la condición humana. En ellos aparece el dolor, el límite, la guerra, la muerte, la compasión y la pregunta por el sentido ya no como ritual, sino como experiencia narrada y conservada.
Sin escritura fonética, esos poemas no habrían llegado hasta nosotros. Habrían mutado, se habrían fragmentado o se habrían perdido. Con ella, se transformaron en fundamento cultural. No solo preservaron historias: preservaron preguntas.
Y aquí se produce un segundo giro fundamental. Una vez que la palabra puede ser fijada puede ser interrogada. El mito ya no es solo narrado; comienza a ser pensado. La escritura permite comparar versiones, detectar contradicciones y formular conceptos. No es casual que poco después surja la filosofía. No como iluminación súbita, sino como consecuencia directa de una nueva relación con el lenguaje.
La filosofía griega no nace en el vacío. Nace en una cultura que ha aprendido a escribir fonéticamente, a definir términos, a argumentar y a registrar ideas. Sin escritura, no hay razonamiento sostenido. No hay diálogo a través del tiempo. No hay tradición crítica. El pensamiento abstracto necesita un soporte material que lo estabilice.
Desde allí se despliega todo lo que llamamos civilización occidental: historia escrita, derecho codificado, ciencia argumentativa, reflexión ética y política. Todo ello presupone la escritura fonética como condición previa. No es un adorno cultural, sino una infraestructura del pensamiento.
Conviene insistir en esto, porque solemos confundir el origen. La cultura occidental no comienza con la filosofía, ni con la democracia, ni con la ciencia moderna. Comienza cuando el lenguaje se vuelve pensable, cuando la palabra puede ser examinada, discutida y transmitida más allá de la memoria individual.
Hoy, cuando escribimos de manera casi automática en pantallas y teclados, olvidamos la magnitud de ese acontecimiento. Ni siquiera nos detenemos a preguntar qué hace nuestro cerebro cuando leemos. Olvidamos que durante milenios escribir fue un privilegio y una forma de poder. Olvidamos que la escritura fonética transformó la manera en que el ser humano se relaciona consigo mismo y con el mundo.
Volver al origen de la escritura no es un ejercicio erudito ni nostálgico. Es recordar cómo aprendimos a pensar. Comprender que nada de lo que vino después, ni Homero, ni la tragedia, ni la filosofía, ni nuestra propia manera de interrogarnos, habría sido posible sin ese gesto técnico y simbólico: reducir la palabra a sonidos y confiarle la tarea de durar.
Tal vez allí resida aún hoy la tarea más profunda de la escritura: no ofrecer certezas, sino hacer posible que la pregunta permanezca. Porque mientras la palabra escrita resista al tiempo, el pensamiento, aunque incómodo e inquietante, seguirá siendo posible.
Y ese, quizás, sea el verdadero legado del alfabeto.
Pensar es un acto revolucionario.
Saludos.





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