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martes, 3 de febrero de 2026

¿Qué es y para qué sirve la Filosofía ?

     Durante siglos se ha intentado responder: ¿qué es la filosofía y para qué sirve? Casi todos los grandes pensadores se han enfrentado a esa pregunta, y casi todos han fracasado en llegar a una definición universal. Hoy ya no me parece que sea un problema: la filosofía no nació para cerrar respuestas, sino para impedir que nos conformemos con las fáciles.

     Se suele decir que la filosofía comienza con el paso del mito al logos, como si antes solo hubiera oscuridad y luego, de pronto, razón. Hoy desconfío de esa idea. La mirada mítica, como la que encontramos en Homero, fue un primer atisbo de racionalidad. No era ingenua ni irracional: era trágica, consciente del límite, del dolor y de la ausencia de un orden moral que garantizara justicia. La razón no vino a redimir el mundo, sino a mirarlo de otro modo, no necesariamente más amable.

     Durante mucho tiempo la filosofía caminó junto a la ciencia. Los primeros filósofos fueron también matemáticos y astrónomos. Pero cuando la ciencia empezó a producir leyes exactas, la filosofía fue desplazada. Se dijo entonces que todo descubrimiento verificable dejaba de ser filosofía. Quizás ahí comenzó su malentendido: se la acusó de no producir certezas, cuando en realidad su tarea nunca fue esa.

     La filosofía no produce leyes; produce incomodidad. No explica el mundo para tranquilizarnos, sino para impedir que nos durmamos en explicaciones falsas. Cuando se encerró en la metafísica abstracta, en discusiones sobre conceptos que ya no tocaban la experiencia humana concreta, perdió contacto con la vida y quedó confinada al mundo académico. Recuperó algo de su fuerza cuando volvió a preguntarse por el hombre gracias al existencialismo. No como objeto, sino como problema.

     Hoy creo que la filosofía sirve para una sola cosa, y no es poca: para no mentirse. Sirve para mirar de frente el absurdo, la fragilidad, el sufrimiento y aun así decidir vivir sin justificaciones trascendentes. Como aprendí leyendo a Camus, no se trata de encontrar un sentido último, sino de no acostumbrarse a lo que consideramos injusto y de detenernos allí donde nuestra lucha empezaría a negar al otro el mismo derecho que reclamamos para nosotros.

     La filosofía no nos promete felicidad. No nos asegura salvación. No nos vuelve mejores. Pero nos vuelve responsables. Nos recuerda que somos finitos, que elegimos sin la garantía de un resultado concreto y que cada decisión tiene consecuencias. Pensar no nos salva, pero nos despierta.

     Y en un mundo que prefiere la comodidad, la consigna y la distracción permanente, pensar puede ser la luz que ilumine nuestro futuro.


     Saludos. 

martes, 27 de enero de 2026

El origen y la pregunta: Homero, “La Ilíada” (siglo VIII a. C.) y la persistencia de lo humano.

     Cómo pocas veces, siento que la miniatura de este artículo o vídeo representa a cabalidad la idea que quiero transmitir.  Un hoplita griego y un soldado moderno juntos. Son hombres que luchan y mueren con la misma intensidad. Se preguntan y tienen las mismas inquietudes existenciales con casi tres mil años de distancia.
     Hay un error frecuente, y profundamente moderno, en nuestra forma de pensarnos: creer que hemos cambiado más de lo que realmente hemos cambiado. Creer que el progreso técnico ha ido acompañado, de manera automática, por un progreso moral, ético o humano. Sin embargo, cuando uno vuelve al origen, esa ilusión comienza a resquebrajarse.

     El origen de nuestra civilización occidental no está en la ciencia ni en la filosofía. Tampoco está en la política tal como la entendemos hoy. Está en la poesía. Sí, aunque cueste creerlo está en la poesía, y para ser concreto, en el poema épico "La Ilíada" atribuido a Homero. Antes de que el hombre se pensara como ciudadano, como creyente o como sujeto moral, se pensó como ser expuesto al límite, al dolor, a la muerte y a un orden que no depende de su voluntad.

     En “La Ilíada” no hay redención. No hay promesa de salvación. No hay un sentido último que justifique el sufrimiento. Hay, en cambio, algo mucho más inquietante: un orden cósmico no moral, que se impone por igual a dioses y a hombres. La vida o la existencia simplemente es. El destino no castiga ni recompensa: delimita. Y el héroe no es aquel que vence al destino, sino aquel que lo enfrenta con lucidez.

    Lo tragedia griega nace allí. No como pesimismo, sino como conciencia. El mundo no está hecho para nosotros. No gira en torno a nuestras aspiraciones. Y, aun así, vivimos, luchamos, amamos y morimos en él.

     Lo verdaderamente perturbador es constatar que, a más de dos mil setecientos años de distancia, las preguntas siguen siendo las mismas: ¿De dónde venimos o hacia dónde vamos?¿Vale la pena el dolor o tiene sentido el sacrificio?

     Hemos multiplicado los dispositivos, las pantallas, los discursos y las explicaciones, pero no hemos logrado responder mejor a esas preguntas. A veces, y derivado de la sociedad del rendimiento, ni siquiera nos atrevemos a formularlas.

     Aquí aparece una diferencia crucial entre el mundo homérico y el nuestro. Los griegos no pretendían eliminar el límite; lo reconocían. Sabían que había fuerzas que no podían ser dominadas, que la muerte no era negociable y que el dolor formaba parte estructural de la existencia. El límite no era una falla del sistema: era el sistema mismo. En cambio, la modernidad, y con mayor intensidad la contemporaneidad, ha hecho del límite un enemigo. Todo debe ser superado, corregido, optimizado y prolongado. Vivimos bajo la ilusión de que no hay frontera que no pueda ser desplazada.

     Ese desplazamiento permanente del límite tiene un costo profundo. Cuando todo parece posible, nada parece verdaderamente obligatorio. Cuando no hay un orden que nos preceda, toda responsabilidad se vuelve negociable. Y cuando la técnica promete control absoluto, el fracaso se vive como injusticia y no como condición humana. Allí comienza una forma nueva de desorientación: no sabemos qué hacer con el dolor, porque hemos perdido el lenguaje para nombrarlo.

     En “La Ilíada”, la guerra no es heroica en el sentido moderno. Es brutal, física y corporal. Los cuerpos sangran, caen y son arrastrados. El dolor no es abstracto. Y, sin embargo, incluso en medio de esa violencia, aparece algo profundamente humano: el reconocimiento del otro en su sufrimiento. Aquiles y Príamo, frente al cuerpo de Héctor, comparten un instante de humanidad que ninguna victoria puede borrar. El enemigo deja de ser enemigo cuando el dolor se vuelve común.

     Ese momento, mínimo, frágil e irrepetible, dice más sobre la condición humana que cualquier tratado moral posterior. No hay reconciliación histórica ni justicia final. Hay apenas un reconocimiento silencioso del límite compartido.

     Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿realmente hemos avanzado más allá de esto?

     Seguimos viviendo en sociedades que prometen control, seguridad y sentido, pero que colapsan ante la más mínima interrupción. Seguimos organizándonos en torno a relatos de progreso, bienestar o salvación, mientras reproducimos las mismas formas de violencia, exclusión y negación del otro. Cambian los nombres, cambian los discursos y las tecnologías, pero el fondo permanece.

     Lo trágico griego no ha sido superado. Ha sido olvidadoY ese olvido es peligroso.

     Creímos que la razón técnica bastaría. Creímos que la acumulación de conocimiento eliminaría la incertidumbre. Creímos que la comodidad reemplazaría la necesidad de pensar. Pero el precio ha sido alto: una disgregación creciente entre lo que hacemos, lo que pensamos y lo que somos. El mundo contemporáneo aparece cada vez más fragmentado: lo económico separado de lo ético, lo técnico separado de lo humano y la acción desligada de la consecuencia.

     Volver a Homero no es un gesto nostálgico ni académico. No es un ejercicio de erudición. Es un acto de recuperación de la mirada. En los poemas homéricos, el mundo todavía no está fragmentado en compartimentos estancos de conocimiento. El acto tiene consecuencias. El cuerpo importa. La palabra compromete. El límite existe y no puede ser ignorado sin pagar un precio.

     Pensar desde el origen no significa vivir en el pasado. Significa recordar aquello que nunca dejamos atrás, aunque pretendamos ignorarlo. Significa aceptar que la condición humana no ha sido superada por ninguna innovación técnica. Que seguimos siendo vulnerables, finitos y contradictorios. Y que justamente allí, y no en la ilusión de omnipotencia, se juega nuestra dignidad.

     Este canal es un espacio de escritura y reflexión que no busca ofrecer respuestas definitivas ni consuelos fáciles. Busca algo más modesto y más difícil al mismo tiempo: mantener viva la pregunta. Resistir la tentación de las certezas tranquilizadoras. No acostumbrarse a lo que se considera injusto. Detenerse antes de que la lucha niegue al otro el mismo derecho que uno reclama para sí mismo.

     Porque, al final, si algo nos enseñan Homero y “La Ilíada” es que el ser humano no se define por sus victorias, sino por la forma en que enfrenta el límite. Y ese límite, nos guste o no, sigue estando ahí.

     Pensar no nos salva. Pero quizá nos impida dormir mientras todo se desmorona sin que nos demos cuenta.
     Pensar es un acto revolucionario.

     Saludos.

viernes, 23 de enero de 2026

¿Existe realmente el Derecho Internacional?

     Recuerdo con claridad el día del atentado contra las Torres Gemelas. El mundo se unió en torno al rechazo al terrorismo y se sensibilizó frente a la muerte de miles de personas inocentes. Sin embargo, lo que vino después - Irak, Guantánamo, la cacería de Bin Laden - debería obligarnos, aún hoy, a una reflexión más profunda y menos emocional.

     ¿Qué es el Derecho Internacional? Se trata de una rama del Derecho que regula las relaciones entre los Estados y que se ha construido a partir de normas elevadas a la categoría de jurídicas. Tradicionalmente se distingue entre Derecho Internacional Público - que rige las relaciones entre Estados - y Derecho Internacional Privado, que se ocupa de situaciones jurídicas internas o entre privados y cuyos efectos se proyectan en más de un país.

     Durante mucho tiempo se sostuvo que los únicos sujetos del Derecho Internacional Público eran los Estados. Hoy esa afirmación ya no es tan clara. A ellos se han sumado los organismos internacionales, gubernamentales y no gubernamentales, e incluso el individuo, especialmente a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).

     La teoría es amplia y ambiciosa. La práctica, en cambio, es mucho más frágil.

     En el derecho interno de los Estados existen normas obligatorias, emanadas de autoridades competentes, que no pueden atribuirse más facultades que las que la ley les confiere. Cuando estas normas no se cumplen, el Estado puede actuar coercitivamente. En el ámbito internacional, en cambio, esta lógica no opera de la misma manera. Las fuentes del Derecho Internacional son distintas y la principal de ellas sigue siendo la costumbre, es decir, la repetición en el tiempo de prácticas aceptadas como jurídicamente obligatorias.

     No existe aún un órgano supranacional con competencia plena para dictar normas verdaderamente vinculantes para todos los Estados. Sin embargo, en las últimas décadas hemos sido testigos de avances significativos: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia en La Haya, y el intento, todavía incompleto, de un Tribunal Penal Internacional.

     Es estimulante ver este progreso. Pero también resulta inquietante constatar que no todos los Estados respetan este orden supranacional. Y, paradójicamente, son las principales potencias mundiales las que con mayor frecuencia ignoran resoluciones “vinculantes”, se arrogan un rol de policía global que nadie les ha conferido y ejercen la fuerza fuera de sus territorios sin consecuencias reales.

     Esto nos lleva a una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿existe realmente el Derecho Internacional?:

     Hay quienes sostienen que no, y que más que un derecho, se trata de una correlación de fuerzas políticas capaces de imponer sus decisiones por coacción. ¿No fue acaso terrorismo lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en una guerra prácticamente ganada? ¿No eran inocentes quienes murieron allí, ajenos a las decisiones de sus gobernantes?

     En el derecho interno, si una persona toma la justicia por su mano - fuera del caso de la legítima defensa - es sancionada penalmente, incluso si su víctima era culpable de un crimen atroz. ¿Por qué esta lógica no opera de la misma forma entre los Estados?

     Se ha intentado avanzar hacia un Tribunal Penal Internacional que juzgue estos crímenes. Sin embargo, son precisamente los Estados más poderosos los que se han negado a someterse a su jurisdicción, temerosos de que sus líderes puedan ser juzgados en igualdad de condiciones que dictadores de países débiles.

     Quienes afirman que el Derecho Internacional no existe tienen, lamentablemente, argumentos sólidos. No porque no haya normas, tratados o declaraciones, sino porque no se respeta el principio fundamental de todo orden jurídico: la igualdad ante la ley. La vara es distinta para los fuertes y para los débiles.

     Esta constatación nos conduce a una conclusión inquietante: pese al discurso de un mundo globalizado, interconectado y civilizado, las relaciones de poder no han cambiado tanto desde los tiempos del Imperio Romano. La fuerza sigue imponiéndose al derecho cuando conviene a quienes la detentan.

     Y mientras eso no cambie, la pregunta seguirá abierta.


     Saludos.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Homero y el origen de la literatura

 

La RAE define a la literatura como: "el arte de la expresión verbal" y  entiende a la expresión verbal como todo aquello que dice relación con la palabra. La literatura es tanto una expresión oral como también escrita. La palabra "literatura”, sin embargo, deriva del latín littera, que significa “letra” o “lo escrito”. Por su etimología, y en un sentido estricto, la literatura es, más bien, un arte ligado a una manifestación de belleza a través de la palabra escrita y se la define como "aquella escritura que posee mérito artístico".  El término designa, al mismo tiempo, al conjunto de producciones literarias de una lengua, de una nación, de una época o incluso de un género. A su vez, se refiere al conjunto de obras que versan sobre una ciencia o arte. Por último, debemos señalar que es estudiada por la teoría literaria. Si bien, existen textos o expresiones literarias muy antiguas como la Epopeya de Gilgamesh en Sumeria, está universalmente aceptado que lo que entendemos hoy por literatura nace en la Grecia clásica. Su importancia va mucho más allá del ámbito artístico pues su aparición es el germen de todo lo que hoy denominamos "civilización occidental". En efecto, es el arte que proporciona los cimientos sobre los cuales está construido todo nuestro mundo y, por desgracia, poca gente está consciente de ello. Como dice la RAE, la literatura se relaciona tanto con lo oral como con lo escrito y estamos en condiciones de establecer, con seguridad, que es un arte anterior a la escritura. Sus inicios los encontramos en la Grecia arcaica y en los poemas de carácter épico recitados por los "aedos". La poesía épica es una poesía tradicional elaborada a través de un largo proceso creativo en el que intervienen diferentes individuos. Se transmite por vía oral y da cuenta de gestas heroicas y militares. Por su parte, los "aedos" eran los cantores, aquellos artistas que se ganaban la vida recitando estas epopeyas acompañándose, generalmente, de un instrumento musical de cuerda. Tenían una gran reputación ya que se les consideraba profesionales en el manejo del lenguaje. Poseían el don divino de evocar, mediante la memoria, grandes hazañas del pasado y así alegrar los corazones de los hombres. De más está decir que improvisaban y, de manera inevitable, cada uno ponía de su cosecha para darle forma y coherencia a estos relatos. Lo anterior cambió por completo con la aparición del alfabeto fonético. Como todos saben, la escritura es uno de los grandes hitos de la humanidad. Tan importante es, que dividió a la Historia de la Pre Historia y apareció en Mesopotamia entre el año cinco y cuatro mil AC. Eso sí, sus primeras manifestaciones sirvieron solo para confeccionar registros contables y actuaciones burocráticas. Además, sus símbolos eran ideográficos, es decir, se trataba de símbolos que representaban ideas tal como ocurre hoy, por ejemplo, en el Oriente. No obstante que fue un adelanto fundamental, sus primeras expresiones no estaban faltas de inconvenientes: por una parte, era un arte complicado de aprender y en Egipto, por ejemplo, solo una elite (los escribas) manejaba el lenguaje escrito. Por otro lado se hacía imposible representar conceptos más abstractos. Por lo tanto, la evolución de la escritura requirió en el tiempo de un avance tan o más importante que la escritura en sí misma y este fue el alfabeto fonético. Este es un invento de los fenicios y consiste en símbolos que representan  sonidos que, combinados de distintas maneras, forman las palabras. A su vez, las palabras forman las ideas. Es un misterio como este sistema de lenguaje fue transmitido a los griegos que lo adoptaron y perfeccionaron pues agregaron las vocales. El alfabeto griego aparece alrededor de los años ochocientos y setecientos AC. Es, precisamente, en estas fechas que irrumpe Homero fijando para siempre, por escrito y utilizando este alfabeto, las antiguas leyendas micénicas. Es gracias a Homero y al alfabeto griego que disfrutamos hoy de "La Iliada" y "La Odisea" a casi tres mil años de distancia. ¿Qué podemos decir de Homero? Los poemas homéricos fueron creándose de manera gradual en el tiempo, más como mitos que como creaciones literarias. Se trataba de composiciones dispersas que, poco a poco, se fundieron y depuraron hasta adquirir la forma que conocemos hoy. No está claro a partir de cuándo, los mismos griegos, atribuyeron la autoría de estos poemas a un bardo ciego que mendigaba de pueblo en pueblo y cuyo nombre fue Homero. La realidad es que su figura es tan mítica como sus poemas. No sabemos nada de Homero, solo que los griegos le atribuyeron la autoría de "La Iliada" y "La Odisea". Esta ignorancia llega a tal punto, que muchos eruditos niegan su existencia. Confieso que yo también tengo mis dudas. Unos dicen que nació en Esmirna y otros en Quíos. Algunos lo hacen contemporáneo a la guerra de Troya y otros, la mayoría, lo sitúan entre los S VIII y VII AC. Sin embargo, como ya dije, todo lo anterior es pura especulación. Solo hay leyendas y anécdotas que se refieren más a un mito que a un hombre. A un semidiós que se ganó la inmortalidad entre los griegos y sus rasgos humanos quedaron ocultos tras su genio literario. Sin duda, que si Homero existió, su obra lo sobrepasa por completo. Otro problema es la veracidad de sus relatos. Ignoramos si la guerra de Troya fue un suceso histórico o solo un mito. Si fueron hechos reales, debemos colocarlos en su justa dimensión e introducirle matices a un relato legendario que exagera las hazañas de Aquiles y también las de Héctor. Tan solo sabemos que, a fines del siglo XIX, un arqueólogo prusiano de nombre Heinrich Schliemann excavó en las que, al parecer, son las ruinas de Troya. Demostró que "La Iliada" describiría sucesos que podrían tener alguna base histórica. Ahora, ¿cuál es el valor de los poemas homéricos desde un punto de vista literario? El mito siempre cumplió un rol fundamental en la educación de los jóvenes griegos. Aún cuando se transmitían por vía oral, mediante ellos, se hizo más fácil establecer patrones de conducta esperables en un hombre de bien. Explicaban las diferencias entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto. Diferenciaban lo noble de lo ruin o al valiente del cobarde, en fin, lo bello de lo feo. Fue Homero el primero que puso al mito por escrito. Sus poemas constituyen la primera manifestación de lo que hoy llamamos literatura occidental. El alfabeto fonético permitió fijar para siempre un relato extenso y detallado. Las virtudes y miserias de los héroes griegos y troyanos, al mismo tiempo que las de sus dioses, quedaron en evidencia. No obstante, la importancia de estos textos va mucho más allá de lo literario puesto que con ellos nace la civilización occidental. Este fenómeno se explica porque el aprendizaje del alfabeto fonético no fue un privilegio de pocos y la escritura se masificó. Los poemas homéricos fueron el texto escolar por excelencia y sus páginas incluían aspectos fundamentales para la educación de niños y jóvenes. Equivalen a la Biblia cristiana o al Quijote castellano. La educación en la Grecia clásica partía del análisis y memorización de "La Iliada" y "La Odisea". Consecuencia de lo anterior es que surgen por doquier textos en torno a los poemas homéricos. Análisis y críticas que traen pulcritud en el lenguaje escrito. De esta manera es que florecen la Historia, la Filosofía y el Teatro. El conocimiento empieza a transmitirse por vía literaria. Gracias a los diálogos de Platón conocemos a Sócrates y otros personajes. Encontramos a la pluma excelsa de Esquilo, Sófocles y Aristófanes. Aparecen los Heródoto, los Hesíodo, los Hipócrates y, también, los Aristóteles. En fin, surge nuestra cultura. La intención de este artículo es hacerles ver la importancia de Homero y sus escritos. Tan es así que la Historia podría, perfectamente, dividirse en antes y después de Homero. Su figura constituye uno de los puntos de inflexión más relevantes en el devenir humano y no muchos están conscientes de aquello. El mismo Platón consideraba que Homero fue el gran educador de Grecia. Nos ha transmitido un ideal o modelo que todos los hombres seguimos de una u otra forma. Sus valores son universales. Del mismo modo, la escritura fonética y Homero son los acontecimientos que explican el "fenómeno griego". Son la clave para entender los cambios que empiezan a producirse después y cuyo arranque fue el análisis crítico. La conclusión es simple, la escritura fonética y su hija, la literatura que empieza con Homero, son el puente que, hasta hoy, posibilitan la universalidad cultural del ser humano. Saludos. 

sábado, 26 de julio de 2025

El que cobra no paga y el asesino escapa...!!!

    ¿Quién le cobra al que cobra? El director del SII no paga impuestos y al sicario… lo dejaron libre por error. Chile, país generoso. Tan generoso, que el jefe del Servicio de Impuestos Internos, el mismo que te persigue si te atrasas un día con el IVA o te equivocas en la emisión de una boleta, tenía sus propias contribuciones impagas. Años. No semanas, no meses: años. Y ahí estaba, sentado en su sillón de autoridad, como si nada. Fiscalizando a todos… menos a sí mismo.

    Pero como en este país el realismo mágico es política pública, mientras nos enterábamos de ese escándalo, la justicia chilena hacía su propio número de escapismo: un sicario venezolano puesto en prisión preventiva por homicidio fue dejado en libertad... ¡por error administrativo! No se fugó por un túnel ni rompió barrotes: le abrieron la puerta y le dijeron “puede irse”. Y se fue. Como si se tratara de una devolución en retail.

    ¿Y después? Después se dieron cuenta del “pequeño detalle”. Tarde, por supuesto.
       ¿Y quién responde? Nadie. Como siempre.

      Y entonces, como un grito de sentido común en medio del desvarío, surge la pregunta inevitable:  ¿Esto siempre ha pasado y ahora simplemente se sabe… o estamos presenciando el colapso gradual de nuestras instituciones, en tiempo real y en cadena nacional?

I. El director que no paga:

    Parece un chiste contado en el peor momento, pero no lo es: el hombre a cargo de perseguir a los que no pagan impuestos… no pagaba los suyos. Javier Etcheverry, flamante director del Servicio de Impuestos Internos, tuvo que renunciar luego de que se revelara que debía años, sí, años de contribuciones por un inmueble de su propiedad.
    Uno pensaría, ingenuamente, que alguien que vive fiscalizando el cumplimiento de la ley… la cumple.
    Pero estamos en Chile, donde la ley es como el vino: algunos la toman, otros la huelen… y los de arriba se la sirven en copa de cristal.

    Lo más tragicómico es que la lucha contra la evasión tributaria es una de las grandes banderas morales del gobierno de Boric. Nos repiten, con cara seria y dedo en alto, que “el país justo se construye pagando impuestos”.
    Pero resulta que el mismo funcionario que firma las cartas de notificación, las ignora cuando van a su nombre. ¿Multa? ¿Sanción? No, no, solo una renuncia elegante y a seguir la vida.

    Es como si el carabinero que te multa por exceso de velocidad fuera sorprendido corriendo picadas en su día libre.

    Y entonces surge la pregunta que nadie quiere contestar:

    ¿Quién fiscaliza al fiscalizador?

II. El sicario liberado por error

    Y mientras Etcheverry salía discretamente por la puerta trasera del SII, en otro rincón del país, a un sicario venezolano lo dejaban en libertad por “error administrativo”.
    Sí, no se escapó con una lima escondida en el pan ni por un túnel a lo “El Chapo”Simplemente, le abrieron la puerta… y se fue
    ¿Quién era este caballero? Nada menos que un sicario internacional, imputado por el homicidio del llamado “Rey de Meiggs”. Un criminal de alta peligrosidad, al que el Estado chileno dejó ir como si se tratara de un reclamo mal gestionado en una tienda por departamentos.

    Y claro, cuando la prensa preguntó cómo fue posible, vino el clásico espectáculo del dedo apuntadorGendarmería culpa al tribunal, el tribunal a Gendarmería, el ministro Cordero a la falta de coordinación, y todos al sistema… como si el sistema fuera una entidad abstracta flotando en el aire y no una cadena de personas reales con cargo, sueldo y responsabilidad.
    Al final, nadie asume nada. Ni renuncias, ni sanciones. Nada.

    Y mientras tanto, el sicario, literalmente, anda suelto.

III. La pregunta incómoda:

    Dos historias, dos instituciones distintas… un mismo hedor institucional.
    Porque, aunque parezcan casos aislados, uno con un escritorio en el SII, el otro con antecedentes por homicidio, ambos comparten el mismo síntoma: la pérdida absoluta de credibilidad.
   Cuando el que cobra no paga.
   Cuando el que encierra, libera.
 Cuando el que debería ser ejemplo, termina dando ganas de hacer lo contrario.
  Entonces la pregunta incomoda, molesta, se cuela entre la normalización del absurdo:
   ¿Esto siempre ha sido así y recién lo estamos sabiendo gracias al exceso de cámaras?
  ¿O estamos presenciando la decadencia en tiempo real de un Estado que ya ni siquiera intenta parecer serio?
    Tal vez ambas cosas. Tal vez siempre fuimos así, pero ahora hay más cámaras, más pantallas, más escándalos por semana.
   O quizás el deterioro ya entró en fase crónica y estamos gobernados por gente que no gobierna, dirigidos por instituciones que no funcionan, y protegidos por sistemas que liberan sicarios por error.
   Y lo más grave es que ya ni siquiera nos escandalizamos.

    Lo comentamos por WhatsApp, lo convertimos en meme, lo dejamos pasar.
    Nos reímos… pero con ese humor agrio que ya no es crítica ni sarcasmo: es resignación.
   Porque no hay responsables, no hay castigos, no hay liderazgos… solo dedos apuntando al otro y una fila interminable de explicaciones que no explican nada.
    Todo se relativiza. Todo da lo mismo.
   Y en el fondo, lo sabemos: el problema no es que nadie esté al volante…es que nadie siquiera está mirando la carretera.

IV. Lo que se resquebraja:

   La confianza es como un vidrio: cuando se rompe, puedes intentar pegar los pedazos… pero ya no refleja lo mismo.
     Y en Chile, cada nuevo escándalo institucional no solo raja el vidrio... lo convierte en astillas.
      No es solo el SII. No es solo Gendarmería.
  Es el municipio que contrata fundaciones truchas para “gestionar cultura”, mientras la plata desaparece como acto de magia.
    Son los miles de funcionarios públicos que nadie sabe bien qué hacen, pero que ahí están, firmando asistencia con la fe de los santos.
    Es el ministerio que reparte recursos como si estuviera jugando al Amigo Secreto institucional.
    Es el político que miente con una naturalidad que da envidia, sin siquiera sonrojarse… porque ya nadie le exige rubor.
    Es, en suma, la certeza incómoda de que todo está dado vuelta.
     El que fiscaliza, evade.
     El que encarcela, libera.
     El que legisla, oculta.
   Y el ciudadano, observa, a ratos indignado, a ratos resignado, pero siempre desconfiado.
  Porque cuando el Estado pierde su autoridad moral, cuando ya no representa ni el ejemplo, ni la justicia, ni la responsabilidad, ¿con qué cara te exige respeto?
    ¿Con qué cara te pide que hagas tu parte… si ellos dejaron de hacer la suya hace rato?
  Tal vez la verdadera pregunta no es si el problema es nuevo o viejo…

   Sino cuánto más estamos dispuestos a tolerar antes de cruzar una línea mucho más peligrosa.

  Porque cuando el Estado se deshace entre excusas, escándalos y funcionarios sin rostro,
cuando nadie responde, nadie lidera y todo se relativiza, los ciudadanos empiezan a mirar con nostalgia eso que antes juraban no querer: el orden a cualquier costo.
    ¿Y entonces qué?
   Entonces llega alguien que promete barrer con la corrupción, acabar con la impunidad, poner orden…y con una mano sostiene el “valde” para sacar el barro…y con la otra firma decretos que pisotean derechos.
   Y cuando se le acusa de autoritario, simplemente dirá: “Alguien tenía que limpiar esta mugre”.
   ¿Y tú qué opinas?
   ¿Esto siempre ha sido así y ahora se sabe más o estamos frente a una decadencia institucional tan brutal, que hasta los errores del pasado parecen tentadores?
     Déjamelo en los comentarios.
   Tu opinión también cuenta… aunque no seas director del SII ni sicario liberado por error.

    Saludos.

jueves, 17 de julio de 2025

La izquierda se radicaliza, Matthei se desploma… y Kast sonríe...

    Chile acaba de vivir unas primarias que, seamos honestos, pocos miraron de cerca. Entre feriados, memes y resúmenes de fútbol, el país apenas notó que se jugaba algo más que candidaturas: se jugaba el mapa del poder para los próximos años.

 Y vaya si hubo sorpresas.

 Jeanette Jara, comunista de tomo y lomo, militante del Partido desde los quince años, no solo ganó: arrasó. Carolina Tohá se quedó atrás, mostrando que el socialismo democrático hoy es poco más que el florero del living oficialista: luce bien, no pesa nada.

 Al otro lado, Evelyn Matthei, esa carta moderada que supuestamente iba a unir a la derecha, se desmorona en las encuestas, cayendo a un magro nueve por ciento según la última Cadem. Y mientras ella patina, José Antonio Kast se frota las manos. Sin hacer demasiado ruido, con ese estilo de “aquí no pasa nada, pero pasa todo”, se perfila como el favorito para pasar a segunda vuelta.

 Pero atención: no está solo.

 Asoma Johannes Kaiser: influencer, diputado y voz deslenguada de la derecha más dura. Ojo, porque Kaiser no es solo el opinólogo gritón que muchos pintan. En un comienzo marcó fuerte en las encuestas, aunque su base de apoyo ha disminuido. Sin embargo, ha encontrado (quién sabe si por diseño o accidente) un rol funcional al Partido Republicano: centra a Kast, empuja el debate hacia la derecha y mantiene encendida a la base más radical.

 Y no olvidemos: Kaiser es relativamente nuevo en política… y ya fundó un partido.

 Puede que hoy no esté en primera línea presidencial, pero subestimarlo sería un error. Hay que tenerle ojo: en futuras campañas podría sorprender, crecer, dividir… o incluso disputarle espacio al mismísimo Kast.

 Lo de Jeanette Jara no es solo un triunfo de nombre: es un triunfo de proyecto.

 La izquierda chilena ya no es ese bloque socialdemócrata que buscaba equilibrios, consensos o acuerdos de salón: hoy se abraza abiertamente al Partido Comunista.

 Un PC que defiende a Cuba como “una democracia distinta”, que justifica a Nicaragua porque “la prensa opositora era golpista”, y que jamás ha hecho una autocrítica seria sobre Venezuela.

 ¿Jara representa a la izquierda moderna? No.

 Representa a la izquierda que dice sin tapujos lo que cree, que no le pone filtros a su ADN ideológico, mientras el Frente Amplio se corre encantado para acompañarla, sonriendo para la foto.

 Es como si hubieran decidido que lo cool ya no es disimular: es asumirlo todo con orgullo.

 ¿Y Tohá? Olvidada. Relegada. Su espacio político es el de un museo.

 En la derecha, Evelyn Matthei se derrumba.

 La “opción moderada”, la “centroderecha razonable”, no logra ni emocionar ni conectar. Matthei quedó atrapada entre su pasado político, sus contradicciones, y un Chile que hoy está dividido, polarizado y sediento de posiciones claras y sin matices.

 Mientras ella intenta tender puentes, el país ya está quemando los tablones.

 ¿Quién capitaliza ese vacío?

 José Antonio Kast.

 El hombre al que todos daban por quemado después del segundo proceso constitucional. El candidato al que la prensa miraba con condescendencia, como si fuera un mal recuerdo del pasado reciente.

 Hoy, según la misma Cadem, supera cómodamente a Jara en segunda vuelta: 47 a 36 por ciento.

 No solo no desapareció: volvió más fuerte, más pragmático y, sobre todo, más centrado.

 ¿Y quién lo ayuda en ese proceso?

 Johannes Kaiser.

 Aunque ya no marca como al principio, Kaiser cumple un rol clave: mantiene viva la agenda dura, radicaliza el discurso donde Kast decide no embarrarse, agita a las bases más conservadoras y, le guste o no al propio Kast, termina siendo funcional al proyecto republicano.

 No es solo un youtuber metido a político: es un armador ideológico en la sombra. Y conviene no perderlo de vista: no se descarta que en un par de elecciones más, Kaiser ya no juegue para otro, sino para sí mismo.

 Así que llegamos al escenario que todos comentan o temen en voz baja: Jara vs. Kast en segunda vuelta.

 El duelo soñado por algunos, la pesadilla de otros.

 La izquierda llega con la bandera roja bien desplegada, sin vergüenza, sin moderación. El Partido Comunista no disimula: Cuba, Nicaragua, Venezuela… todo es justificable si lo narra alguien de los suyos.

 Jara no es socialdemocracia maquillada: es comunismo orgulloso.

 Al frente, José Antonio Kast se presenta como el único que puede detener esa marea. Pero atención: no es el mismo Kast de 2021. Ahora viene más pragmático, menos incendiario en lo público, aunque el fuego lo sigue alimentando Johannes Kaiser desde los márgenes.

 Kast sonríe para la cámara, Kaiser prende las redes. Es una dupla que funciona, aunque no siempre se reconozca como tal.

 Y el centro… bueno, ¿qué centro?

 Evelyn Matthei ya está ocupada pensando cómo salvar al menos una que otra alcaldía. Los votantes moderados, huérfanos. El socialismo democrático, disecado.

 En Chile, lo que se juega no es solo quién será presidente: se juega si todavía existe un espacio para los matices o si el país se entregó por completo a la polarización.

 Así que te lo pregunto a ti:

 ¿Quién crees que representa mejor lo que hoy siente Chile?

 ¿Jeanette Jara, con su comunismo sin complejos?

 ¿O Kast, con su cruzada contra el progresismo?

 ¿Es Matthei el último suspiro de una centroderecha que ya no seduce a nadie?

 Déjame tu opinión en los comentarios. Porque más allá de los números, lo que viene ahora es otra batalla: la de las ideas, los miedos y los deseos que están debajo de cada voto.

 Saludos.

lunes, 23 de junio de 2025

Del canto al pensamiento: cómo la poesía dio origen a la civilización...

 

     Hace unos meses publiqué un artículo con el propósito de explicar la importancia que tienen Homero y sus poemas épicos (La Ilíada y La Odisea) en el origen de la literatura. Mi intención fue, además, que los lectores tomaran conciencia de que el surgimiento de la literatura, más allá de ser el arte de producir belleza con las palabras, marca también el inicio de nuestra civilización.

    La pregunta cae de cajón: ¿por qué se le atribuye tal relevancia a los poemas homéricos?

    De la mayoría de los textos antiguos sólo nos han llegado fragmentos, y suelen interesar sólo a eruditos. No ocurre lo mismo con Homero: sus obras, completas y complejas, no llegaron a nosotros por casualidad ni por hallazgos arqueológicos. Fueron copiadas, traducidas, comentadas y leídas sin interrupción desde hace dos mil ochocientos años. Ese fervor constante permitió que hoy podamos conocerlas, analizarlas y emocionarnos con ellas.

    Cuando estas obras se fijan por escrito, gracias a la invención del alfabeto fonético,  se produce un punto de inflexión: a partir de entonces, la cultura y el conocimiento se transmiten por escrito. La escritura no solo conserva, también transforma: obliga a pensar con claridad, a ordenar, a precisar. Por eso da lugar a un pensamiento más racional, más lógico, más abstracto. Es el inicio de la actitud crítica del ciudadano griego frente a la naturaleza, la religión, la política y la vida.

    Pero que de la poesía emerjan la ciencia y la filosofía es un fenómeno que necesita tiempo. Homero fue, en esencia, un poeta épico. La Ilíada relata las gestas heroicas de los micénicos en la Guerra de Troya. Sin embargo, en ella el ser humano aparece como arquetipo, sin profundidad individual. El héroe homérico actúa según lo que se espera de él; su conducta es previsible, pues está guiada por la voluntad de los dioses. El mundo homérico no conoce el libre albedrío: todo suceso es atribuido a la intervención divina.

    Y aun así, desde esa poesía comienza algo nuevo: el largo proceso hacia el “descubrimiento de la individualidad”, un fenómeno que se dio con fuerza en el mundo griego y que fue condición necesaria para el nacimiento de la filosofía y la ciencia.

    En La Odisea ya se percibe otro tono. Aunque los dioses aún intervienen, el protagonista, Ulises, actúa con astucia, voluntad y determinación. Su deseo de volver a Ítaca no depende del capricho divino, sino de su propio ingenio. Frente al héroe fuerte de La Ilíada, aparece ahora un hombre flexible, resolutivo, profundamente humano. El realismo del personaje hace que La Odisea se acerque más a la vida y abra paso a una nueva forma de narrar.

    En ese escenario surge Hesíodo, figura tan enigmática como Homero. Se estima que vivió entre fines del siglo VIII y comienzos del VII a.C. Él mismo cuenta que era pastor y que decidió hacerse poeta tras una revelación de las musas al pie del monte Helicón. Sus dos obras más importantes: "Teogonía" y "Los trabajos y los días", marcan una ruptura con la tradición épica.

    "Teogonía" es un intento por explicar el origen del universo desde una perspectiva mitológica pero ordenada. A partir del caos, Hesíodo narra el surgimiento de los dioses y el establecimiento del orden cósmico. En "Los trabajos y los días", por su parte, hace una apología del trabajo, advirtiendo a su hermano Perses que solo el esfuerzo evita la miseria. “Los dioses y los hombres odian al holgazán”, escribe. El mensaje ya no es heroico ni bélico: es ético, cotidiano, concreto.

    Y así pasamos de la épica a la lírica. Nacida en Asia Menor, la lírica griega es poesía del yo: canta al amor, la amistad, la pena, la fugacidad de la vida. Exalta el sentimiento individual. Es la voz de autores concretos como Safo, Alceo, Anacreonte, Píndaro, entre muchos otros.

    ¿Por qué este giro? Porque en la Edad Arcaica surgen las polis: ciudades-estado que exigen la participación activa de sus ciudadanos. Nace la política. El hombre homérico, súbdito de dioses y reyes, se convierte en ciudadano con voz y voto. Esto transforma su conciencia: ya no puede atribuirlo todo a los dioses. Comienza a pensar por sí mismo.

    Así aparece Jenófanes, filósofo y poeta que cuestiona los mitos tradicionales. Influido por la filosofía jónica, intenta reemplazar la revelación divina por la observación de la naturaleza. A la par, surgen las leyes escritas, la prosa, el derecho. Ya no es la épica la que modela la conducta, sino las normas de la polis. La prosa reemplaza a la poesía en la vida pública; esta, relegada a la intimidad, da origen a la lírica.

    Desde entonces, el hombre distingue dos ámbitos: el social (la polis) y el natural (physis). Y así, los poetas como Arquíloco y Safo conviven con los pensadores como Tales, Parménides o Heráclito. Unos se inspiran en los otros. La poesía no desaparece, pero da paso a nuevos lenguajes para pensar el mundo.

  Y así, en este artículo he intentado trazar el recorrido que va desde la épica de Homero hasta el surgimiento de la filosofía y la ciencia. Un trayecto en el que el hombre pasa de héroe a ciudadano, del mito al pensamiento, de la palabra cantada a la palabra escrita. Y de la importancia de esta en la evolución de nuestro pensamiento abstracto. Porque, aunque parezca increíble, todo comenzó con poesía.

    Saludos.


miércoles, 11 de junio de 2025

25.000 licencias truchas: el verdadero cáncer del Estado chileno

   En un Chile donde la desconfianza hacia las instituciones públicas crece como una mancha de aceite, el reciente nombramiento de Dorothy Pérez como nueva Contralora General de la República no ha pasado desapercibido.

    Para quienes siguen la política nacional, su nombre no es nuevo. Fue subcontralora durante la administración de Jorge Bermúdez, con quien protagonizó un conflicto que hizo temblar a la propia Contraloría. Bermúdez intentó destituirla sin éxito. Pero no se quedó ahí: hizo cuanto pudo para bloquear su ascenso.

    Sin embargo, el destino da vueltas. Hoy, Dorothy Pérez vuelve como la máxima autoridad del organismo encargado de fiscalizar el aparato estatal. Y con su llegada, las alarmas vuelven a encenderse. No solo por su turbulento historial, sino porque nuevas denuncias estremecen los pasillos del ente fiscalizador.

    Una de ellas, en particular, impacta por su magnitud: 25.000 licencias médicas fraudulentas entregadas a funcionarios públicos.

    No estamos hablando de un error administrativo ni de una cifra inflada. Esto es un verdadero golpe al corazón del Estado. Un agujero millonario al erario fiscal. Una muestra de complicidad sistémica.

    ¿Cómo se explica que miles de empleados públicos hayan recibido licencias sin justificación médica real?
    ¿Quién firma esos permisos?
    ¿Quién los valida?
    Y, lo más importante... ¿quién se hace cargo del fraude?

    El caso de las licencias truchas no solo revela debilidad en los controles internos del Estado. Lo que asoma, sin maquillaje, es algo mucho más grave: complicidad, desidia… y una sinvergüenzura institucionalizada.

    Pero más allá del escándalo puntual, esta crisis nos empuja a una pregunta incómoda:
    ¿Estamos ante una cultura de la impunidad incrustada en el corazón del aparato público?
    ¿O simplemente estamos constatando, una vez más, esa vieja pillería nacional, esa viveza criolla, que cruza tanto al mundo privado como al estatal?

    Porque no basta con tener organismos fiscalizadores en el papel. La Contraloría tiene, por mandato constitucional, la responsabilidad de velar por la legalidad de los actos administrativos.

    Pero si esa tarea queda en manos de autoridades cuya independencia ha sido cuestionada, o que arrastran conflictos no resueltos, ¿qué garantías tiene el ciudadano común? ¿Qué confianza puede depositar la ciudadanía en que esta vez sí habrá consecuencias reales?

    El discurso de austeridad y probidad se derrumba frente a casos como este. Se hace polvo.
    Mientras miles de chilenos hacen fila en hospitales colapsados esperando atención digna, otros que se llaman a sí mismos servidores públicos se las arreglan, y se escudan en licencias falsas, para cobrar sin trabajar.

    Y lo hacen amparados por un sistema que, en teoría, existe para servirnos a todos... pero que, en la práctica, hace vista gorda y protege de manera corporativa a los que trabajan para el Estado.

    Lo más indignante de todo esto es que no se trata de hechos aislados. Lo de las licencias truchas es solo un síntoma de algo mucho más profundo: el aparato estatal chileno lleva años engordando sin control, llenándose de personal contratado a dedo, de operadores políticos con sueldos millonarios, de cargos duplicados y funciones que nadie fiscaliza.

    Mientras tanto, desde el Congreso y La Moneda, muchos políticos, en especial desde la izquierda, siguen presionando por nuevas reformas tributarias con el mismo argumento de siempre: que el Estado necesita más recursos para cumplir su función social.

    ¿Pero más recursos para qué?
    ¿Para seguir alimentando un sistema que premia al más pillo, al más conectado, al más servil al partido de turno?
    ¿Para seguir pagando licencias falsas, contratos inflados y asesorías que nadie lee?

    Es fácil hablar de justicia tributaria desde una tarima o en una entrevista radial.
    Lo difícil es tener el coraje de mirar hacia adentro, de limpiar primero la casa propia.

    Porque mientras suben los impuestos a la clase media, a los emprendedores, a los que realmente mueven este país, no se toca ni con el pétalo de una flor a los verdaderos intocables del sistema: los que se esconden detrás de escritorios públicos, blindados por la burocracia, las redes partidarias y el miedo a decir las cosas por su nombre.

    El problema no es la falta de dinero. Es la forma en que se lo roban. Con elegancia, con papeles firmados, con sellos institucionales… y a plena luz del día.

    La verdadera riqueza de los países desarrollados no está bajo tierra ni en bóvedas de bancos: está en su gente. En su capital humano. Es decir, en la calidad de su educación, en el compromiso con la legalidad, en el respeto al otro, y en una escala de valores que privilegia el mérito, el esfuerzo y el trabajo honesto por sobre el oportunismo.

    En esas naciones que admiramos por su orden, su bienestar o su eficiencia, la trampa no es motivo de orgullo, sino de vergüenza. Allá, el que defrauda al sistema es sancionado. Aquí, muchas veces, es premiado con un nuevo cargo o una jubilación anticipada.

    Y entonces cabe preguntarse: ¿qué clase de país queremos ser?

    Porque mientras no cambiemos esa mentalidad, la cultura de la pillería celebrada, del “pasarse de listo”, del “total, nadie se da cuenta”, seguiremos cavando el hoyo desde dentro.
    La trampa generalizada no es astucia popular, es un suicidio nacional.

    ¿Queremos realmente avanzar hacia el desarrollo? Entonces no basta con reformas tributarias ni con discursos de igualdad. Hace falta una transformación más profunda: una revolución ética. Una que empiece por reconocer que sin responsabilidad individual no hay progreso colectivo.

    Chile no saldrá adelante mientras se siga tolerando (o incluso justificando) que miles de funcionarios cobren por no trabajar, mientras millones de compatriotas hacen fila para conseguir una atención médica digna.
    No lo hará mientras al que cumple se le llama tonto, y al que abusa se le aplaude por vivo.

    No hay riqueza sostenible sin valores compartidos.
    Y no hay futuro si el mérito es desplazado por la trampa.

    La llegada de Dorothy Pérez a la Contraloría podría marcar un punto de inflexión en la forma en que el Estado fiscaliza y protege los recursos públicos. No porque su sola presencia baste, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, existe la posibilidad de empezar a revertir una cultura de impunidad que ha corroído al aparato público desde adentro.

    Pero esa posibilidad solo se concretará si se le permite ejercer su cargo con plena independencia. Si la clase política no cae, una vez más, en la tentación de blindar a los suyos. Si no vemos la ya clásica defensa corporativa de lo indefendible, que tanto daño ha hecho a la credibilidad de nuestras instituciones.

Porque esta no puede ser solo otra página en la larga historia del “todo cambia para que nada cambie”.

    La ciudadanía exige respuestas, sí. Pero sobre todo exige acciones concretas y visibles. Exige fiscalización real, sanciones efectivas, transparencia sin maquillaje.
    Y para eso no basta con nombrar autoridades: lo urgente es que esas autoridades cumplan su función con firmeza, sin cálculo político, y con la convicción profunda de que el dinero de todos los chilenos no puede seguir desapareciendo entre papeles firmados con liviandad y funcionarios que hace rato olvidaron para quién trabajan.

    Quizás aún estamos a tiempo.

    Saludos.

Tres días en Buenos Aires: un reencuentro con la nostalgia..


    Estuve apenas tres días en Buenos Aires. Y no me arrepiento, ni por un instante. Más bien, me siento reconciliado con una deuda antigua. Argentina siempre estuvo en mi ruta: conocí los vinos y la luz de Mendoza, los lagos intensos de Bariloche, las sierras amables de Córdoba, el tránsito por tierra hacia el Uruguay. Pero me faltaba ella, su capital: Buenos Aires. No una ciudad más, sino un mito.

    Apenas llegué, en medio del tránsito apurado de un día cualquiera, me vi de pronto frente al obelisco. Así, sin anuncio, como si la ciudad no esperara menos que sorprenderme. El monumento (afilado, blanco, silencioso) se alza como una aguja clavada en el pecho de la ciudad, justo donde se cruzan las avenidas 9 de Julio y Corrientes. El vértice exacto donde todo vibra.

    Corrientes, con su aire de teatro y de tango, se enciende cuando cae la noche. Es un pequeño Broadway del sur, donde el bullicio se mezcla con el aroma del café y la promesa de una función. Allí entendí que Buenos Aires no duerme: se transforma.

    Hay algo europeo en su traza. Las anchas avenidas, los parques majestuosos, los edificios que dialogan entre la arquitectura francesa, la italiana y la criolla. El Libertador, flanqueado por monumentos y árboles que susurran historias, me recordó el París de los libros. Y, sin embargo, hay algo profundamente latinoamericano en cada esquina: una melancolía dulce, una elegancia sin ostentación, una herida abierta que se convierte en arte.

    Caminé entre las calles peatonales Florida y Lavalle. En ese cruce, el alma comercial y el pulso popular de la ciudad se hacen uno. Música callejera, librerías añejas, oficinas, turistas y locales: todo en una coreografía involuntaria, pero perfectamente ensamblada.

    Por la mañana, cumplí un ritual inevitable: la Plaza de Mayo. Frente a la Casa Rosada, me detuve a pensar en la historia convulsa de un país que ha sabido resistir y reinventarse. Entré a la catedral para rendir homenaje al General San Martín. Allí, bajo la penumbra y el mármol, descansan los sueños de una América libre.

    La tarde me llevó al barrio de La Boca. Caminito, con sus casas de chapa pintadas de colores imposibles, es una postal que sigue viva. Turística, sí, pero auténtica en su espíritu. Allí el tango no se escucha: se respira. Se desliza por las paredes, por los balcones y las miradas de los que bailan sin pedir permiso.

    El almuerzo fue en Puerto Madero. Las antiguas construcciones portuarias de ladrillo han sido transformadas en un paseo moderno de parrillas, trattorias y terrazas al borde del agua. Hay algo magnético en ese contraste: la historia industrial se funde con el presente cosmopolita. Me senté al sol, frente al río, a saborear un corte de carne que parecía hecho para reconciliar al cuerpo con la vida.

    Por la noche asistí a un espectáculo de tango. Y fue mucho más que eso: fue una lección de bandoneón, una zambullida en la voz de Gardel, un viaje al universo desgarrado de Piazzolla. Fue  un encuentro con lo más profundo del alma porteña. Hay en el tango un dolor que no pide lástima, una pasión que no busca público. Es íntimo y universal. Como Buenos Aires.

    A la tarde siguiente navegué el delta del Tigre. Subimos a un pequeño barco que se abrió paso entre riachuelos y casas sobre pilotes, como si el tiempo allí transcurriera de otro modo. El sol me acompañó en esa aventura fluvial, y al mirar el cielo abierto sobre el delta, sentí que era una despedida perfecta.

    Al otro día, el vuelo de regreso. Partí con la maleta liviana, pero con el corazón rebosante. Tres días en Buenos Aires bastaron para dejar una huella indeleble. No fue solo un viaje: fue un descubrimiento. O quizás, como suele pasar con los grandes destinos, una parte de mí que volvía a casa sin saber que ya había estado ahí.


    Saludos.