Recuerdo con claridad el día del atentado contra las Torres Gemelas. El mundo se unió en torno al rechazo al terrorismo y se sensibilizó frente a la muerte de miles de personas inocentes. Sin embargo, lo que vino después - Irak, Guantánamo, la cacería de Bin Laden - debería obligarnos, aún hoy, a una reflexión más profunda y menos emocional.
¿Qué es el Derecho Internacional? Se trata de una rama del Derecho que regula las relaciones entre los Estados y que se ha construido a partir de normas elevadas a la categoría de jurídicas. Tradicionalmente se distingue entre Derecho Internacional Público - que rige las relaciones entre Estados - y Derecho Internacional Privado, que se ocupa de situaciones jurídicas internas o entre privados y cuyos efectos se proyectan en más de un país.
Durante mucho tiempo se sostuvo que los únicos sujetos del Derecho Internacional Público eran los Estados. Hoy esa afirmación ya no es tan clara. A ellos se han sumado los organismos internacionales, gubernamentales y no gubernamentales, e incluso el individuo, especialmente a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).
La teoría es amplia y ambiciosa. La práctica, en cambio, es mucho más frágil.
En el derecho interno de los Estados existen normas obligatorias, emanadas de autoridades competentes, que no pueden atribuirse más facultades que las que la ley les confiere. Cuando estas normas no se cumplen, el Estado puede actuar coercitivamente. En el ámbito internacional, en cambio, esta lógica no opera de la misma manera. Las fuentes del Derecho Internacional son distintas y la principal de ellas sigue siendo la costumbre, es decir, la repetición en el tiempo de prácticas aceptadas como jurídicamente obligatorias.
No existe aún un órgano supranacional con competencia plena para dictar normas verdaderamente vinculantes para todos los Estados. Sin embargo, en las últimas décadas hemos sido testigos de avances significativos: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia en La Haya, y el intento, todavía incompleto, de un Tribunal Penal Internacional.
Es estimulante ver este progreso. Pero también resulta inquietante constatar que no todos los Estados respetan este orden supranacional. Y, paradójicamente, son las principales potencias mundiales las que con mayor frecuencia ignoran resoluciones “vinculantes”, se arrogan un rol de policía global que nadie les ha conferido y ejercen la fuerza fuera de sus territorios sin consecuencias reales.
Esto nos lleva a una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿existe realmente el Derecho Internacional?:
Hay quienes sostienen que no, y que más que un derecho, se trata de una correlación de fuerzas políticas capaces de imponer sus decisiones por coacción. ¿No fue acaso terrorismo lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en una guerra prácticamente ganada? ¿No eran inocentes quienes murieron allí, ajenos a las decisiones de sus gobernantes?
En el derecho interno, si una persona toma la justicia por su mano - fuera del caso de la legítima defensa - es sancionada penalmente, incluso si su víctima era culpable de un crimen atroz. ¿Por qué esta lógica no opera de la misma forma entre los Estados?
Se ha intentado avanzar hacia un Tribunal Penal Internacional que juzgue estos crímenes. Sin embargo, son precisamente los Estados más poderosos los que se han negado a someterse a su jurisdicción, temerosos de que sus líderes puedan ser juzgados en igualdad de condiciones que dictadores de países débiles.
Quienes afirman que el Derecho Internacional no existe tienen, lamentablemente, argumentos sólidos. No porque no haya normas, tratados o declaraciones, sino porque no se respeta el principio fundamental de todo orden jurídico: la igualdad ante la ley. La vara es distinta para los fuertes y para los débiles.
Esta constatación nos conduce a una conclusión inquietante: pese al discurso de un mundo globalizado, interconectado y civilizado, las relaciones de poder no han cambiado tanto desde los tiempos del Imperio Romano. La fuerza sigue imponiéndose al derecho cuando conviene a quienes la detentan.
Y mientras eso no cambie, la pregunta seguirá abierta.
Saludos.

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