La pregunta cae de cajón: ¿por qué se le atribuye tal relevancia a los poemas homéricos?
De la mayoría de los textos antiguos sólo nos han llegado fragmentos, y suelen interesar sólo a eruditos. No ocurre lo mismo con Homero: sus obras, completas y complejas, no llegaron a nosotros por casualidad ni por hallazgos arqueológicos. Fueron copiadas, traducidas, comentadas y leídas sin interrupción desde hace dos mil ochocientos años. Ese fervor constante permitió que hoy podamos conocerlas, analizarlas y emocionarnos con ellas.
Cuando estas obras se fijan por escrito, gracias a la invención del alfabeto fonético, se produce un punto de inflexión: a partir de entonces, la cultura y el conocimiento se transmiten por escrito. La escritura no solo conserva, también transforma: obliga a pensar con claridad, a ordenar, a precisar. Por eso da lugar a un pensamiento más racional, más lógico, más abstracto. Es el inicio de la actitud crítica del ciudadano griego frente a la naturaleza, la religión, la política y la vida.
Pero que de la poesía emerjan la ciencia y la filosofía es un fenómeno que necesita tiempo. Homero fue, en esencia, un poeta épico. La Ilíada relata las gestas heroicas de los micénicos en la Guerra de Troya. Sin embargo, en ella el ser humano aparece como arquetipo, sin profundidad individual. El héroe homérico actúa según lo que se espera de él; su conducta es previsible, pues está guiada por la voluntad de los dioses. El mundo homérico no conoce el libre albedrío: todo suceso es atribuido a la intervención divina.
Y aun así, desde esa poesía comienza algo nuevo: el largo proceso hacia el “descubrimiento de la individualidad”, un fenómeno que se dio con fuerza en el mundo griego y que fue condición necesaria para el nacimiento de la filosofía y la ciencia.
En La Odisea ya se percibe otro tono. Aunque los dioses aún intervienen, el protagonista, Ulises, actúa con astucia, voluntad y determinación. Su deseo de volver a Ítaca no depende del capricho divino, sino de su propio ingenio. Frente al héroe fuerte de La Ilíada, aparece ahora un hombre flexible, resolutivo, profundamente humano. El realismo del personaje hace que La Odisea se acerque más a la vida y abra paso a una nueva forma de narrar.
En ese escenario surge Hesíodo, figura tan enigmática como Homero. Se estima que vivió entre fines del siglo VIII y comienzos del VII a.C. Él mismo cuenta que era pastor y que decidió hacerse poeta tras una revelación de las musas al pie del monte Helicón. Sus dos obras más importantes: "Teogonía" y "Los trabajos y los días", marcan una ruptura con la tradición épica.
"Teogonía" es un intento por explicar el origen del universo desde una perspectiva mitológica pero ordenada. A partir del caos, Hesíodo narra el surgimiento de los dioses y el establecimiento del orden cósmico. En "Los trabajos y los días", por su parte, hace una apología del trabajo, advirtiendo a su hermano Perses que solo el esfuerzo evita la miseria. “Los dioses y los hombres odian al holgazán”, escribe. El mensaje ya no es heroico ni bélico: es ético, cotidiano, concreto.
Y así pasamos de la épica a la lírica. Nacida en Asia Menor, la lírica griega es poesía del yo: canta al amor, la amistad, la pena, la fugacidad de la vida. Exalta el sentimiento individual. Es la voz de autores concretos como Safo, Alceo, Anacreonte, Píndaro, entre muchos otros.
¿Por qué este giro? Porque en la Edad Arcaica surgen las polis: ciudades-estado que exigen la participación activa de sus ciudadanos. Nace la política. El hombre homérico, súbdito de dioses y reyes, se convierte en ciudadano con voz y voto. Esto transforma su conciencia: ya no puede atribuirlo todo a los dioses. Comienza a pensar por sí mismo.
Así aparece Jenófanes, filósofo y poeta que cuestiona los mitos tradicionales. Influido por la filosofía jónica, intenta reemplazar la revelación divina por la observación de la naturaleza. A la par, surgen las leyes escritas, la prosa, el derecho. Ya no es la épica la que modela la conducta, sino las normas de la polis. La prosa reemplaza a la poesía en la vida pública; esta, relegada a la intimidad, da origen a la lírica.
Desde entonces, el hombre distingue dos ámbitos: el social (la polis) y el natural (physis). Y así, los poetas como Arquíloco y Safo conviven con los pensadores como Tales, Parménides o Heráclito. Unos se inspiran en los otros. La poesía no desaparece, pero da paso a nuevos lenguajes para pensar el mundo.
Y así, en este artículo he intentado trazar el recorrido que va desde la épica de Homero hasta el surgimiento de la filosofía y la ciencia. Un trayecto en el que el hombre pasa de héroe a ciudadano, del mito al pensamiento, de la palabra cantada a la palabra escrita. Y de la importancia de esta en la evolución de nuestro pensamiento abstracto. Porque, aunque parezca increíble, todo comenzó con poesía.
Saludos.

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